miércoles, 11 de septiembre de 2013

Las alamedas de Salvador Allende



Hace 40 años el fascismo  derrotaba a sangre y fuego al gobierno democrático de la Unidad Popular de Chile.
El 11 de setiembre de 1973 las fuerzas golpistas conducidas por Augusto Pinochet bombardearon el  Palacio de la Moneda hasta provocar  la muerte del presidente Allende.
La matanza siguió afuera de la Casa de Gobierno.
En las calles y en las casas de los más humildes. En las escuelas y en las universidades. En los estadios y en las fábricas. Tenían que dar un escarmiento tan brutal como se le dio al pueblo del Paraguay de Francisco López en la Guerra de la Triple Alianza en el siglo XIX, para que nunca más se atrevan a enfrentar a los verdaderos dueños del poder económico. 
No se trató de romper el orden institucional y nada más. Se trató, como en 1955 y 1976 en nuestro país, de borrar de raíz cualquier atisbo de proyecto político basado en la justicia, la igualdad, la redistribución de la riqueza, la solidaridad y la unidad latinoamericana.
Pero el presidente Piñera dijo  que la culpa del golpe la tuvo el gobierno de Allende con sus descalabros.
 Y allí siguen sus funcionarios que fueron funcionarios de la dictadura.
Y allí está la ausencia de un proceso abierto contra los crímenes de lesa humanidad, como ocurre aquí.
Que lo sepan todos: nadie tiene el derecho a quebrantar  la democracia. La democracia tiene sus propios remedios para curarse sola sin la ayuda de ningún mesiánico, por poderoso que fuera. 
El kirchnerismo, como expresión moderna del proyecto nacional y popular en la Argentina, abrió las grandes alamedas con que soñó el presidente  Salvador Allende en su último discurso.
Porque en este país bombardeado por la metralla de metal en el pasado y por la metralla mediática opositora en el presente, hay memoria, verdad y justicia para los genocidas.
En Chile, no. En España, menos. En gran parte de América no se permite juzgar las cosas del pasado para que no se destapen los negociados del presente y para poder decir, como decían los golpistas, que “el flagelo es la inflación” y no el hambre ni la desigualdad. 
Es el mayor aporte que deja al mundo el proyecto iniciado por Néstor Kirchner en el 2003 y que profundiza Cristina.
Los genocidas ahora saben que el que las hace, las paga. Con todas las garantías de la debida defensa que ellos les negaron a sus víctimas. Pero las pagan.
Es el mejor homenaje que Argentina le hace a Salvador Allende y a todo el pueblo chileno.
En esta misma búsqueda de justicia es un avance histórico que, desde el Papa hasta Putin, hayan resistido sin dobleces el bombardeo a  Siria.
Los  pueblos  sólo quieren evitar nuevas  masacres.
Resistir de este modo es honrar de veras al presidente Allende.   

El Argentino, miércoles 11 de septiembre de 2013