lunes, 22 de abril de 2013

Rascando el fondo de la cacerola



Elisa Carrió, diputada nacional y otrora joven funcionaria de la dictadura cívico-militar, fue la primera que llamó a sitiar el Congreso para impedir que funcione ese poder de la República.
Ayer se supo que la siguieron atrás: Moyano, el PRO, el FAP y otros opositores.
Muy grave. Pero no sorprende. Por que si uno rasca el fondo de las cacerolas que tronaron el pasado 18 de abril se encontrará con carteles y voces que clamaban por lo mismo y un poco más.
¿Qué hacer ante tanta furia desbocada? ¿Callarse? ¿Mirar para el costado? ¿Preguntarse si no habría que dialogar con esos sectores del odio y la reacción?  
Hay que hablar. Y decir las cosas como son: Eso es fascismo.
Como bien lo calificó el diputado Agustín Rossi.
No estamos ni estaremos jamás tallados de la misma madera.
Por el contrario, a lo largo de la historia ellos pusieron el hacha y nosotros el árbol y la savia derramada.
Y aún seguimos brotando. 
Los que así se manifiestan en estos cacerolazos no representan a la clase media; se nutren de ella, pero no expresan a los sectores medios que hoy, precisamente, se identifican con el proyecto de país que lidera Cristina.
Hay analistas políticos que confunden. Diagnostican tan mal los escenarios sociales que terminan por proponer siempre lo mismo: izar bandera blanca y rendir el amor y la esperanza.   
No se equivoquen: los violentos que reivindican a la dictadura no son “La clase media”; son golpistas. 
¿O los que acorralaron al militante del PRO frente al Congreso qué eran?
El joven quiso defender con su cuerpo la integridad del Parlamento.
Y lo quisieron linchar en pleno centro de Buenos Aires al grito de: “Ese es de La Cámpora”.
No es una exageración lo que se describe. Es lo que pasó.
Las voces que, alentadas por los medios monopólicos insisten con denominar como “dictadura” al gobierno democrático, lo deberían saber.
La verdadera dictadura, conducida desde la Sociedad Rural de Martínez de Hoz, gobernó con las demandas que se manifestaron el 18 A eliminando retenciones y liberando el mercado y el comercio interno para que los grandes empresarios se coman a los chicos.
La sangrienta dictadura liberaba las calles para que los grupos de tarea encarcelen, secuestren, desaparezcan y asesinen. 
La verdadera y sangrienta dictadura hubiese provocado un baño de sangre ante una marcha de caceroleros, mandando los caballos, los tanques y los fusiles para que maten a todos.
¿Cómo pueden ser tan analfabetos políticos los que siguen llamando “dictadura” a un gobierno de la democracia?
Sólo el odio lo explica.  
Están nerviosos. Están desorientados. Les queda apenas el show de los domingos de Lanata.
Muy poco para disputar en democracia.

El Argentino, lunes 22 de abril de 2013