martes, 16 de julio de 2013

Se precisan niños para amanecer



Cuenta Eduardo Galeano en el primer  tomo de su bellísima obra Memoria del fuego, que en Guatemala, el poeta de un pueblo originario reunió a todos los niños a su alrededor  para contarles la historia de una  batalla heroica de sus antepasados que, aunque derrotados, dejaron  de enseñanza el heroísmo y el valor de la vida de sus padres y abuelos.
Peleaban contra el conquistador Pedro de Alvarado y “quienes con él vinieron a enseñar el miedo”, dice Galeano.
Al finalizar el relato un niño preguntó:
“Y todo eso, ¿lo viste? ¿Lo escuchaste?” 
“Sí”, respondió el poeta. “¿Estuviste aquí?” preguntaron los niños.
“No. De los que estuvieron aquí, ninguno de los nuestros sobrevivió”
El poeta señalará las nubes en movimiento y el balanceo de las copas de los árboles.
“¿Ven las lanzas?” preguntará. “¿Ven las patas de los caballos? ¿La lluvia de flechas? ¿El humo?”
“Escuchen”, dirá y apoyará la oreja contra la tierra, llena de estampidos. Y les enseñará a oler  la historia en el viento, a tocarla en las piedras pulidas por el río y a conocerle el sabor mascando ciertas hierbas, así, sin apuro, como quien masca tristeza.
Hasta aquí la memoria originaria.
Cuando pasen los años y a nuestra descendencia le cuenten quiénes fueron sus abuelos y su procedencia, quizá no haga falta que aprendan a leer los signos de la historia en el lecho de un río o en el canto de los pájaros para saber lo que ocurrió en estos años decisivos.
Quizá alcance con mostrarles una escuela  y mil escuelas más, una ruta nueva, YPF recuperada,  un hospital como El Cruce en Florencio Varela, una decena de universidades nacionales construidas en estos  años y un museo del terror donde conservemos como muestras del pasado anterior, desde las fojas del juicio a los genocidas del terrorismo de estado hasta la última firma de la antigua democracia aceptando la deuda y la dependencia con el FMI.
De esas batallas venimos.
No olvidarlo jamás,  es un deber ciudadano y un ejercicio vital para la memoria.
“Este país es tuyo. Saboréalo, disfrútalo, ámalo, defiéndelo contra viento y marea, con uñas y dientes como hacía tu abuelo, dignifícalo para vos y tu descendencia, como hizo tu abuela y lo hicieron tus padres y  los pares de tus padres y lo hizo tu pueblo”.
Venimos hablando en el nombre del hijo y del padre mientras cantamos bajito esa  canción de Viglietti que enseñó a la juventud de los años setenta que “se precisan niños para amanecer”.
Tanto odio derramado en estos tiempos  precisa que hagamos una ronda de amor para arropar y proteger  a los que vienen  llegando.
Que los poetas enciendan todas las fogatas de la memoria.
La historia que hoy se escribe se encargará de contarla.

El Argentino, martes 16 de julio de 2013