domingo, 3 de agosto de 2014

El sombrero de Braden


Corría el mes de julio de 1945. El embajador norteamericano Spruille Braden, con la frescura de los búfalos, ya había soltado su propuesta cuando Perón giró  la cabeza  elegantemente y lo miró fijo a los ojos. El representante de los EE.UU. había dicho que toda la campaña mediática contra Perón se esfumaría con un chasquido de sus dedos si Perón accedía a darle el manejo de la economía argentina a los poderosos intereses que él representaba.
Perón entonces le preguntó: “¿Sabe cómo le dicen en nuestro país  a los que se entregan al poder económico que usted representa?
“No”, respondió Braden.
“Hijos de puta”, le aclaró Perón.
Braden ofuscado se levantó de su silla y partió raudamente sin saludar siquiera.
En la huida intempestiva, se olvidó su sombrero; hecho que le causó mucha gracia a Perón que jugó un buen rato con la prenda antes de ordenar que se lo devolvieran al embajador.
Hay veces en la historia de los pueblos, como esta que aquí contamos, que la vida se divide entre malas personas y buenas personas, entre leales a la patria y traidores a la patria.  Y es eso lo que venimos viviendo en los días que corren.
La explicación didáctica y pedagógica del conflicto argentino contra los fondos buitres y el juez Griesa, ya lo brindan de manera brillante e insuperable el ministro Axel Kicillof y la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner. 
Nos queda a nosotros, partecitas de un pueblo que se ha puesto de pie, arrimarnos al fogón del pensamiento para saber dónde estamos, quiénes somos y quiénes son los enemigos. Pero por sobre todo saber dos cosas esenciales: qué pretende el capitalismo financiero global con la Argentina y qué pasos debemos dar nosotros de ahora en más.
Repasemos un poco.
El 19 y 20 de diciembre de 2001 la Argentina se cayó. Mejor dicho, la empujaron para que se caiga, muchos políticos, banqueros, medios de comunicación corporativos y  los buitres de adentro y de afuera. Pero hay que decir también que allí se gestó la matriz social colectiva que le permitió a Néstor Kirchner encarar decididamente desde el primer día de su presidencia en 2003, el nuevo sujeto nacional, popular y democrático del siglo XXI.
El sujeto neoliberal creado en las madrigueras del poder económico desde el 24 de marzo de 1976 empezaba a mirar azorado la reaparición de quienes representaban al hecho maldito del país burgués.
Como la cigarra, el movimiento popular demostraba a propios y ajenos que no está muerto quien pelea.
Y por aquí pasa la cuestión. Por comprender que no sólo están en juego las reservas  del Banco Central, los  500.000 millones de dólares que el país debería pagar en una nueva deuda externa infinita y letal si llegara a rendirse ante los fondos buitres, por los puntos de menos que nos adjudica ese eufemismo maldito llamado “riesgo país” impuesto por las autodenominadas “calificadoras de riesgo”, que no son más que las consultoras mediáticas de esos mismos buitres.
Es algo más que eso.
Lo que está en juego en esta instancia histórica es la maravillosa construcción cultural que América Latina en general y la Argentina en particular han realizado en estos últimos años.
Hay una lógica del poder que se ha impuesto en el viejo mundo y que aquí lo expresan dócilmente con todas las letras los titulares del Clarín y La Nación y sus repetidoras, los discursos de la Sociedad Rural y las declaraciones de muchos políticos opositores que como Mauricio Macri dicen, por ejemplo, que si el juez Griesa dice que hay que pagar, el gobierno debe acatar el fallo y pagar sin más vueltas. 
De tal manera que el neoliberalismo no sólo es un libro contable, con columnas de debe y haber y donde las multimillonarias ganancias financieras se logran con apretar un botón de una computadora o apretar a un gobierno soberano para que deje de serlo. El neoliberalismo, además, pretende ser una nueva cultura global y una nueva forma de razonar sobre las formas que los ciudadanos deciden su destino, su presente y su futuro. Allí está el carozo de la ideología que transmiten los lenguaraces de la corporación mediática, en ese   lugar común que repiten hasta el cansancio los Lanata y los Castro y los Morales Solá: “estamos en default por culpa del gobierno”.
La Argentina rompió con esa lógica de la resignación el día que Néstor descolgó los cuadros de los genocidas y le dijo a Bush que No al ALCA y la volvió a romper ahora cuando se negó a firmar lo que le exigían los fondos buitres en el despacho de Griesa.
Todos los gobernantes que firmaron estos aprietes antes, aquí y en otros países del mundo, lograron ser tratados como “próceres” por los grandes medios, pero serán recordados para siempre como cómplices de haber hundido en la miseria y la desnacionalización a sus respectivos países.
Es necesario repasar los discursos de la Presidenta del jueves último en los balcones interiores de la Casa Rosada. Por allí pasa la vida de los argentinos, de todos los argentinos, piensen como piensen.
Si los buitres buscan derrotar el proyecto de país que gobierna la Argentina desde el 2003 para sumarnos a la triste y oscura lista de los países empobrecidos en el viejo mundo, nuestro país hizo saber al mundo entero que no dará ni un paso atrás en la defensa del camino de desarrollo con inclusión social que recorre desde el 2003.
La historia está demostrando, una vez más, que es en América Latina donde se define esta batalla que antes que económica y financiera es política y cultural.
Y  la historia también demuestra que quien está liderando esa batalla continental por la soberanía, es el gobierno de Cristina.
Hay que mantener la calma. Y estar unidos. Y estar organizados. Nada hay que temer con un gobierno como el que tenemos, con el apoyo de los BRICS y la UNASUR y el MERCOSUR y la CELAC.
Dicen que la bronca de los buitres no es sólo porque no pudieron cobrar lo que pretendían, sino porque sintieron que Kicillof antes de irse de la guarida de Griesa tuvo la gentileza de devolverles el sombrero que el embajador Braden dejó olvidado en el despacho de Perón.

Miradas al Sur, domingo 3 de agosto de 2014