domingo, 10 de agosto de 2014

Amada Laura


El kirchnerismo  vino a resignificar muchos contenidos políticos y culturales en la Argentina y en la región.
Después de tanta sangre derramada en la larga noche de la dictadura y después del  vertido de odio que los sectores dominantes ejercieron y ejercen sobre el cuerpo de esta sociedad, hoy podríamos acuñar una categoría bautizada por el pueblo en el siglo XXI: el amor es el partero de la historia.
No es la violencia ni la crispación constante ni la desesperanza ni la dócil subordinación al poder financiero, sino el amor. Y esta sí que es una marca registrada en el orillo del proyecto nacional, popular y democrático.
Si no hubiese sido así, si el kirchnerismo y su militancia hubiesen respondido con el “ojo por ojo y diente por diente”, o se hubiesen rendido a los buitres de adentro y de afuera, este país sería un país inviable e incendiado.
Hay momentos en la historia que marcan un punto de inflexión en el largo derrotero que recorren los pueblos. La Argentina vivió una buena parte de esos momentos con tres magnas muertes: la de Evita, la de Perón y más recientemente, la de Néstor Kirchner.
La muerte de Eva Perón fue un cuchillazo de dolor en el corazón de los humildes del que les costó una vida recuperarse. Inauguramos entonces nuestra condición de huérfanos de Evita.
La muerte de  Perón, junto al tremendo dolor que causó en el grueso de la sociedad, provocó una sensación de incertidumbre y vértigo que muy pronto se demostraría real y atado rigurosamente a las condiciones de vulnerabilidad en que se encontraba un pueblo al que lo venían acosando los sables y las metrallas de la dictadura.
La muerte de Néstor Kirchner, en cambio, fue un aullido de dolor popular pero que anunciaba al mismo tiempo, el parto definitivo de una nueva generación de jóvenes decididos a participar de “la causa pública”, como llamaba San Martín a su gesta libertadora.
No nos sentimos huérfanos ni tuvimos nauseas por ningún miedo al vacío porque la sola presencia de Cristina, su entereza, su coraje, su mano firme en el timón del Estado, su liderazgo, alfombró la entrada a este tiempo de logros colectivos y donde cualquier acechanza, externa o interna o ambas a la vez, choca con la certidumbre del  hombre de a pie de que esta vez el país es presidido por gente que tiene convicciones y una Presidenta que se parece a su pueblo.
Es en este tramo de la historia que aparece Guido.
Como si esperara para abrazarse con su abuela que Videla y Massera se hayan ido por los albañales de un presidio,  con cientos de genocidas presos y juzgados y con un gobierno que hizo de la Memoria, la Verdad y la Justicia,  una política de Estado.
Guido no apareció en cualquier momento, sino cuando el destino colectivo que escriben los pueblos silenciosamente, quiso que apareciera.
Y  si aquellas muertes magnas que mencionamos antes marcaron un punto de inflexión, una bisagra histórica, la aparición de Guido fue un rayo luminoso en el cielo despejado de un país que siempre está naciendo.
Algo maravilloso pasó esa tarde y esa noche y se niega a partir de nuestros ojos llorosos desde entonces.
¿Por qué nos emociona tanto? ¿Por qué nos conmueve tanto? ¿Por qué nos alegra tanto? ¿Por qué nos une tanto?
Quizá sean muchas las razones, pero nos animamos a pensar que quizá  la razón principal sea que el Certificado de Nacimiento de Guido firmado por un pueblo entero ese martes  5 de agosto, es el Certificado de bautismo del país inclusivo que ha venido a nacer de una vez y para siempre.
Guido es portador de una noticia reveladora: la dictadura civil y militar ha sido derrotada en el más sublime y estratégico escenario donde se definen los tramos largos de la historia de los pueblos, el campo de la batalla cultural. Para decirlo de otro modo: el abrazo de Guido con su abuela Estela es la victoria popular en esa batalla.
Decía Roque Dalton, el poeta salvadoreño, que “el amor es una categoría política”; pues bien, los que vienen atrás, los que siguen ladrando, tendrán que acostumbrarse a aceptar que este reencuentro con Guido, como el amor, también es una categoría política.
Es que si no lo decimos así, con esta certidumbre de la pasión, corremos el riesgo que algún distraído se crea que las cosas suceden por que sí, por puro azar.
El día que Néstor Kirchner descolgó los cuadros, Estela empezó a coleccionar portarretratos para cuando apareciera su nieto.
Kirchner lo decía a menudo: “más temprano que tarde Estela y todas las abuelas recuperarán a los hijos de nuestros compañeros asesinados y desaparecidos”.
Está pasando nomás.
Y  queremos hablar de Laura y de Walmir, los papás de Guido; es decir, queremos rendir nuestro homenaje a esa generación diezmada que hoy volvió a tener nombre propio.
Es otro logro del kirchnerismo: sacarlos del oscurantismo que sembró la dictadura sobre su memoria. Supieron luchar y traerlo a Perón junto a su pueblo, pero también supieron aprovechar en apenas 5 horas para infundir el amor en el hijo que sabían iba a ser secuestrado. Esas 5 horas de amor intenso de Laura con su niño en brazos le alcanzaron a Guido para encontrar la huella que lo devuelva a su vientre familiar.
En honor a Laura y a Walmir y a todos ellos, nació entre llantos, como son los nacimientos, este pequeño poema para Laura, para nuestra amada Laura.
Lo queremos compartir  como quien levanta el vaso para brindar por la vida, que de tan poderosa, siempre se impone a la muerte:   
"¿Ya puedo irme a dormir, mamá?" preguntó Laurita.
"¿Verdad que puedo irme a descansar y a curar mis heridas y a seguir volando con mis compañeros?"
"Fíjate que haya comido bien, mamá y que no se descuide con el abrigo", recomendó Laurita.
"¿Hizo todas las tareas de la escuela? ayúdalo mamá”
Dormí Laurita, compañerita Laura, amada montonera, amada compañera peronista, amada revolucionaria, ahora podes descansar y volar y cantar y seguir soñando.
Guido, tu Guido, ya está con nosotros, en el mismo regazo que acunó tu infancia.
Avísale a Walmir para que esté tranquilo y a todos los compañeros que andan por allá.
Amada Laura...   

Miradas al Sur, domingo 10 de agosto de 2014