domingo, 19 de enero de 2014

El juego en que andamos



Se nos murió el poeta que nos quedaba en pie después de la tormenta.
La muerte de Juan Gelman reavivó otras muertes tan dolidas como las de Paco Urondo, Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, por nombrar algunos.
Perdón por la tristeza.
Más allá de este dolor irreparable, su partida nos deja ver por el ojo de la cerradura de la historia, el país que hoy tenemos los argentinos: el gobierno decretó tres días de duelo nacional por la muerte de un poeta.
¡Habrase visto semejante ternura! 
Dan ganas de abrazarse a la Rosada por esta decisión, como si allí anidaran algunos de los pájaros que nos deja Juan en su partida.
Y quizá sea así nomás.
Es un país extraño el nuestro.
Suceden cosas dolorosas y bellas como las comentadas, pero también cosas horribles: en nombre de la derecha presuntamente moderna y renovada deciden que la escuela pública habite en un conteiner y que los militantes de La Cámpora que organicen la proyección de películas para verlas en una plaza pública junto a los pibes de un barrio, sean ferozmente reprimidos y encarcelados ante el llanto y la angustia de los niños.
“Todo lo público perecerá”, según el evangelio que comulgan Macri, Massa y otros de la misma laya. 
No habrá más treguas ni olvidos, parece ser la volanta de los diferentes sectores políticos y económicos que se oponen al modelo de desarrollo con inclusión social que lidera Cristina. 
A la carga dijo Vargas. 
Ya no es posible creer que haya sido una casualidad la suma de acontecimientos que se sucedieron desde el motín sedicioso de las policías provinciales, los saqueos conexos a ese motín, la corrida extorsiva del dólar ilegal, las continuas operaciones de terrorismo mediático ejecutados por los grandes medios de comunicación, la operación “tomate”, las editoriales que llueven desde el exterior pintando una Argentina “al borde del abismo”, el eco vago de los comentaristas opositores repitiendo hasta el paroxismo la misma cantinela.
Develada, por si alguien tenía alguna duda, la actitud corrosiva y destituyente de los sectores corporativos encabezados por el Grupo Clarín, La Nación y la Sociedad Rural, queda por analizar, planificar e instrumentar el plan de vuelo que en los próximos dos años tendrá que recorrer el amplio abanico social identificado con el proyecto nacional y popular. No hay tiempo que perder.
A diferencia de coyunturas del pasado, esta vez no habrá bandera blanca de rendición por parte del Estado democrático. Pero la batalla principal se desarrolla en la cabeza de los hombres y mujeres que habitan nuestro suelo. Olvidate si es mejor decir “la gente” o “el pueblo” o “la sociedad” o “la opinión pública”.
Cuando la señora que vacaciona placenteramente dispara la misma metralla que escuchó en TN, “que todo está mal” y que patatín y que patatán, no hay que cruzarse de brazos y pensar “mejor no digo nada para que no se pudra”.
Hay que debatir civilizadamente, en paz, cordialmente, sin calentarse de más, sin agredir, jamás, pero hay que rebatir punto por punto la ofensiva del odio y la mentira editada que repite la señora de la playa, el taxista equivocado, el carnicero, el verdulero, la peluquera del barrio.
Y debiera ser así, porque la historia, en su contenido y en su forma, sólo la repiten los opresores. Los oprimidos aprenden todo el tiempo de sus errores y de su propia experiencia.
O sea. No hay que esconder la cabeza en una lata de durazno cuando escuchamos repetir las barbaridades con que el monopolio mediático pretende descomponer y degradar a esta sociedad. Las diga quien las diga. Que los economistas y “analistas” del poder económico financiero tiren pálidas a granel no es ninguna sorpresa. Cumplen su misión desesperanzadora. Les pagan para eso. Son mercenarios de la palabra. Querrían derrocar al gobierno democrático si les fuera posible, pero como saben que es una misión imposible, buscan morder, rasguñar, herir la credibilidad de Cristina y de sus funcionarios  y así poner en jaque la centralidad política del modelo de país que inauguró Néstor Kirchner.
No tienen más tropa que ellos mismos. Por eso hay que impedir que el fuego que arrojan se propague a la cabeza de “la gente”. Y no debieran ser, creemos, discusiones abstractas o para supuestos “entendidos” en política o economía. No. Todo tiene que ver con el modelo de democracia que queremos para nosotros y para nuestra descendencia.
La señora cuestiona desde la playa, no desde la bañadera de su casa impedida de vacacionar. Los otros señores discuten desde la cola de compra en el supermercado. Ya no se discute desde el piquete amargo del hambre y la desolación como sí discutíamos hasta el 2003. Los que discuten, además de ciudadanos que ejercen sus derechos sin límite alguno, son usuarios y consumidores con capacidad de compra. Unos más, otros menos. Pero todos compran algo para llevar a casa.
Y como muchos comen y beben algo en la pizzería colmada de los viernes y sábados, hoy los piquetes de posibles discordias democráticas se hacen consumiendo.
Desde esa actitud desmalezadora hay que intentar abrazarse a quienes honestamente cuestionan a los abusadores de precios, a los estafadores de la energía eléctrica, a los verdaderos causantes de la inflación y la inseguridad y hacer sinergia con ellos.
Con ese empoderamiento de la sociedad, hablando con la sociedad y   abriendo el juego, mostrando y demostrando que los enemigos de la democracia se repiten grotescamente en las tácticas empleadas para debilitar la democracia y procurar un ajuste antisocial, se podrá acompañar inteligentemente el esfuerzo que realiza el gobierno frente a los extorsionadores.
Esta vez participemos todos.
Habrá que armarse de verdades como estas para contrarrestar la ofensiva del odio y la desesperanza: 
2400 vehículos por hora circulan por la ruta a la Costa al inicio de cada quincena y alcanzamos un récord de consumo de carne vacuna de 65 kg por cápita y de 100 kg  de proteína animal por cápita. 
Si me dieran a elegir, decía Juan,  yo elegiría este amor con que odio, esta esperanza que come panes desesperados.

Miradas al Sur, domingo 19 de enero de 2014